El pasado domingo acudí a la tradicional cita invernal de los sevillanos con el ballet clásico en el Teatro de la Maestranza. En esta ocasión tocaba “El cascanueces”, que vimos por última vez en 2009 en una peculiar y muy vistosa versión que incorporaba a la historia original el Cuento de Navidad de Dickens, a cargo del Ballet de la Ópera de Düsseldorf. Aunque en realidad miento: esas
Ayer por la tarde pude asistir a la última de las representaciones de El lago de los cisnes en el Teatro de la Maestranza con el Ballet Nacional de Kiev. Este ha sido el tercer ballet clásico del que hemos podido disfrutar los espectadores del Maestranza en la presente temporada (hace poco que el Ballet Nacional de Cuba interpretó aquí Giselle y Coppélia en homenaje a Alicia Alonso) aunque el único en el que hemos contado con la presencia de la ROSS en el foso.
Como siempre me ocurre con la danza, he disfrutado. No ser un entendido en materia de ballet tiene como vertiente positiva el que el sentido crítico es menor, y lo que vi ayer me pareció un bellísimo e irreprochable espectáculo de baile, merced a la muy clásica coreografía de Marius Petipa y Lev Ivanov, a un brillante cuerpo de baile –sensacional en el segundo cuadro del primer acto– y a una pareja protagonista que derrochó sensibilidad y elegancia (Natalia Lazebnikova y Andrei Gura, que se han alternado estos días con Tatiana Goliakova y Serguei Sidorsky). Ayer se optó por la versión con final feliz y se condensaron, por alguna razón, los actos primero y segundo en uno solo (cuando hablo, por tanto, del segundo cuadro del acto primero me estoy refiriendo a lo que habitualmente es el famoso acto segundo). Con todo, el recuerdo de la representaciones que hizo de esta misma obra el Ballet de Stuttgart en diciembre de 2007 aún no está demasiado lejano, y o mucho me traicionan mis recuerdos o aquella escenografía de Jürgen Rose era bastante más vistosa que la que pudimos ver ayer de Yevgeny Lysyk, sobre todo en lo concerniente a las escenas palaciegas. En realidad, a nivel de decorados la propuesta de Kiev opta por una austeridad casi total, sin prácticamente cambios escénicos, de modo que ayer fueron realmente el cuerpo de baile y la iluminación los que crearon las atmósferas y ambientes.
Los ucranianos trajeron a su propio director de orquesta, Mykola Diadiura, que solo alcanzó un resultado irregular al frente de la ROSS. El primer acto sonó plúmbeo, con una obvia tendencia a la lentitud y despojado de cualquier tensión dramática. Servidor tuvo la sensación inmediata de que el director ha trabajado la obra más centrado en ponérselo fácil a quienes están sobre el escenario que en decir algo con la música. En suma, un metrónomo humano poco preocupado en transmitir. Mejoró la cosa a partir del segundo cuadro del primer acto y sobre todo en el segundo, aunque en mi opinión sólo en el breve tercer acto consiguió dirigir con pulso dramático.
Quien lea este blog sabrá que hace varios años me aficioné al ballet. Pues bien, el pasado viernes 28 sucumbí a algo nuevo: el patinaje sobre hielo. Estos días se está representando “El cascanueces” se Tchaikovsky sobre hielo en el Teatro de la Maestranza, y aunque a priori no pensaba ir, al final terminé picando. No me atraía de antemano la idea de asistir a un espectáculo con música enlatada, más aún cuando no hace mucho –creo que correría el año 2009– pudo verse un precioso Cascanueces en Sevilla en versión ballet, que es como hay que verlo, escucharlo y vivirlo en Navidad. Pero el caso es que el viernes por la mañana entré por pura curiosidad en la web del Maestranza y advertí que quedaba un elevadísimo número de localidades por vender (como seiscientas a medio día, si no recuerdo mal), de modo que saqué un par de ellas y acudí con mi madre a la función de las 21’00.
El espectáculo corre a cargo de The Imperial Ice Stars. No tengo yo muy claro de a qué imperio pertenecen exactamente. Viste mucho eso de llamarse “imperial”. Esta compañía representó el pasado año con éxito "El lago de los cisnes" en el Teatro Lope de Vega, y ahora el Maestranza les ha dado acogida para “El cascanueces”, convirtiendo su escenario en una pista de hielo. Como era de esperar, el público, integrado en gran medida por familias al completo que llevaban a sus pequeños, respondió encantado. Pero era un público muy escaso. Ignoro cómo habrá ido la venta de entradas para el resto de las funciones, pero la noche del viernes el teatro no estaba lleno ni siquiera a la mitad. El patio de butacas, y sobre todo las terrazas laterales tenían un aspecto realmente desangelado.
En cuanto al espectáculo en sí mismo, no resulta ni mucho menos tan fastuoso visualmente en materia de vestuario y decorados como las preciosas funciones de ballet con las que el Maestranza nos mima a los sevillanos, pero la función en su conjunto resulta atractiva y gustará sobre todo a los más pequeños de la familia. Todo el equipo de patinaje hace un gran trabajo, aunque hay algo que motivó mi ira irrefrenable. Por algún lado leí –quizá en la edición digital de algún periódico, no lo recuerdo bien– que la compañía no trabaja con música en directo porque los movimientos de los patinadores están tan estudiados que se hace necesario recurrir a la música grabada. Pues mire usted por dónde, no. Y digo bien: no es verdad. Eso es un cuento chino. La verdadera razón por la que la compañía utiliza grabaciones no es ni artística ni presupuestaria, sino algo mucho más cuestionable: la grabación utilizada contiene una versión muy manipulada de la genial obra de Tchaikovsky, con continuas mutilaciones, saltos y algún falso da capo que irritarán a los amantes de la obra musical. Aunque se me pueda acusar de excesivamente purista, esta concepción del espectáculo me parece muy desacertada. El trabajo de una compañía de baile, o en nuestro caso de patinaje, es dar vida a través del movimiento a la música. Pero si alteramos a esta última para adaptarla a lo visual ya no estaremos asistiendo al Cascanueces, sino a un espectáculo a propósito del Cascanueces.
Una tarde agradable, en cualquier caso, aunque no tenga interés musical. Los más pequeños disfrutarán.
Por fin llegó el ballet de todos los años. En este caso, la oferta de ballet clásico de la presente temporada del Teatro de la Maestranza de Sevilla nos ha traído al Bayerisches Staatsballett, esto es, al Ballet de la Ópera de Munich nada menos que con “La bella durmiente” de Tchaikovsky con la encantadora coreografía de Ivan Liška. Como ya escribí el año pasado a propósito de “La Cenicienta”, cada vez disfruto más el ballet, un mundo por completo inexistente para mí hace tan sólo cuatro años. Asistí a la última función (la de ayer, día 15 de enero) y cuando todo son parabienes es innecesario escribir demasiado. Adoro la sucesión de movimientos imposibles, la permanente sensación de ingravidez, la mezcla de colores y el movimiento rítmico y matemáticamente acompasado con una música que nunca baja de lo sublime, interpretada también de la misma manera por nuestra ROSS. La ambientación de esta “Bella durmiente” ha sido de cuento de hadas, con un variadísimo vestuario merecedor de la matrícula de honor. Lo mejor, la presencia de la extraordinaria y elegantísima Lucia Lacarra en el papel protagonista y la extraordinaria Hada de las Lilas de Séverine Ferrolier. A destacar también el atlético príncipe de Marlon Dino, la teatral bruja travestida de Peter Jolesh y entre los personajes más secundarios, el agilísimo Pulgarcito de Ilia Sarkisov. Simpatiquísima y encantadora la presencia en escena de los niños del Conservatorio Superior de Danza y sublime la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, dirigida en esta ocasión por el norteamericano Myron Romanul.
El lleno del teatro, los atronadores aplausos a cada momento y no digamos ya al final, así como la gran presencia de público infantil, los más educados siempre porque quedan absorbidos por la función y no hacen el menor ruido, obligan a pensar que los sevillanos responden sobradamente bien a este tipo de espectáculos. Queremos más.
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