Herbert von Karajan (dir.); Hildegard Behrens (Salome); José Van Dam (Jochanaan); Karl-Walter Böhm (Herodes); Agnes Baltsa (Herodias); Wiesław Ochman (Narraboth); Heljä Angervo (Paje); Heinz Zednik, David Knutson, Martin Vantin, Gerhard Unger (Judíos), Jules Bastin, Dieter Ellenbeck (Nazarenos); Gerd Nienstedt, Kurt Rydl (Soldados); Helge von Bömches (Capadocio); Horst Nitsche (Esclavo). Wiener Philharmoniker. EMI 2 CD.
Si existe un director de orquesta encumbrado, ese es sin duda Herbert von Karajan, de cuya desaparición se cumplían veinticinco años el mes pasado. Aunque en sus lecturas siempre es reconocible el “sonido Karajan”, caracterizado por la densidad y un fraseo compacto muy característico, el director salzburgués no mantuvo unos parámetros estáticos durante su larga carrera, y su última década de vida estuvo marcada para él por la búsqueda casi
2010 está siendo un año triste para los aficionados a la ópera. A las recientes pérdidas de buenos cantantes como Lázló Polgár o Philip Langridge hay que añadir también nombres de gran importancia como los de Giulietta Simionato, Hildegard Behrens o Giuseppe Taddei, que son mi Salomé y mi Scarpia de referencia, respectivamente. Y ahora se nos va una de las más grandes: Joan Sutherland, la stupenda. Una verdadera leyenda del repertorio belcantista. Fue, o mejor dicho, es Lucia di Lammermoor. También, y pese a las objeciones que algunos puedan ponerle, es mi Turandot de referencia junto con Nilsson. Supongo que es una irremediable cuestión de edad lo que explica que en el momento presente estemos perdiendo a aquéllas voces que deslumbraron en la ópera en las décadas pasadas. Me refiero, claro está, a los cantantes que podemos llamar “clásicos”, y con cuyos discos hemos crecido. Por eso mismo dudo que yo sea el único aficionado del mundo que viva últimamente con la sensación de recibir golpe tras golpe.
Pero además de Sutherland quiero destacar también otras dos pérdidas recientes que me han encogido el ánimo y que también merecen aquí su particular homenaje. El primero de ellos es el gran Cesare Siepi, mi primer Don Giovanni en aquélla película de Furtwängler que mis padres me regalaron en vídeo hace ya muchas navidades. Es posible, incluso, que siga siendo mi Don Giovanni de referencia, aunque nunca me lo he planteado en serio, y ello pese a que mi inclinación por el historicismo en las interpretaciones juega en su contra. Como Felipe II no tenía rival, Ghiaurov aparte, claro.
Por último, y perteneciente a un ámbito distinto como es el de la música barroca, no puede olvidársenos el nombre de Anthony Rolfe Johnson, que sin duda firmó las grabaciones historicistas más bellas con voz de tenor en óperas como el Orfeo monteverdiano o La clemenza di Tito e Idomeneo, de Mozart, por no hablar de su Handel y su Bach.
Nos han hecho felices, y estoy seguro de que lo seguirán haciendo. ¿Puede alguien hacer algo más bello con su vida? Justo es que los aficionados les digamos GRACIAS.
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