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domingo, 30 de noviembre de 2014

Mediocre “Don Giovanni” en Sevilla

La primera de las dos acepciones que admite, según la RAE, el término “mediocre” viene referida a algo “de calidad media”. El calificativo le viene que ni pintado a las representaciones de Don Giovanni que ha acogido este mes de noviembre el sevillano Teatro de la Maestranza: tras asistir anoche a la última función, me he llevado a casa la impresión de que, aun habiendo escuchado cosas buenas, el espectáculo estuvo más próximo al fiasco que a otra cosa.

Comencemos por la orquesta, vívidamente dirigida por el joven Maxim Emelyanychev con luminosidad y elegancia, apostando claramente por una lectura próxima a la corriente historicista aun con los instrumentos modernos de la ROSS. Francamente, funcionó bastante bien, aunque mi opinión está lejos de ser entusiasta. Faltaron muchas cosas por decir en la monumental partitura, contenedora de todo un catálogo de emociones –algunas de ellas francamente complejas, como cuanto concierne al personaje de Donna Elvira– solo superado por Mozart en el posterior Così fan tutte. Por ejemplo, el tremendo Fuggi, crudele, fuggi, que expresa la incredulidad de quien

lunes, 11 de agosto de 2014

Don Giovanni (Östman, 1990)

Arnold Östman (dir.); Håkan Hagegård (Don Giovanni); Gilles Cachemaille (Leporello); Della Jones (Donna Elvira); Arleen Auger (Donna Anna); Nico van der Meel (Don Ottavio); Barbara Bonney (Zerlina); Bryn Terfel (Masetto); Kristinn Sigmundsson (Il Commendatore). The Drottningholm Court Theater Orchestra and Chorus (instrumentos originales). L’OISEAU-LYRE 3 CD.

Recuerdo bien que la primera vez que escuché este Don Giovanni de Arnold Östman la sensación que me produjo fue de espanto más que de admiración. Sin embargo, estos días he vuelto a ella –como sabrá el lector de este blog llevo tiempo escribiendo sobre el Mozart de este director– y lo cierto es que en esta ocasión me ha gustado bastante más que antes, quizá porque precisamente ahora estoy más acostumbrado a los planteamientos “östmanianos”, que ya no

domingo, 20 de octubre de 2013

Don Giovanni (Muti, 1987) – DVD

Riccardo Muti (dir.); Thomas Allen (Don Giovanni); Claudio Desderi (Leporello); Edita Gruberova (Donna Anna); Francisco Araiza (Don Ottavio); Ann Murray (Donna Elvira); Susanne Mentzer (Zerlina); Natale De Carolis (Masetto), Sergej Koptchak (Il Commendatore). Coro y Orquesta del Teatro alla Scala, Milán. OPUS ARTE.

Hace más de tres años que comenté ampliamente el Don Giovanni de Riccardo Muti con Carlos Álvarez en DVD (ver aquí). Hoy voy a escribir sobre otra versión de esta misma ópera, también con Muti, pero anterior. Se trata de la filmación que distribuye el sello Opus Arte procedente de unas representaciones en la Scala del año 1987. Debo decir desde ya, que a la vista de los brillantes nombres que integran el reparto, abordé este DVD con unas expectativas altas que no han terminado de verse satisfechas del todo.

Comenzaré, como siempre hago, con la propuesta escénica de Enzo Frigerio con dirección de Giorgio Streher. Se trata de la típica producción clásica de grandes edificios que se elevan sobre el ya muy visto suelo negro brillante. Todo es clásico, sí, pero eso no significa precisamente que sea destacable. En mi modesta opinión, es un soso montaje bastante falto de ideas dramáticas, que pude hacer que una noche de ópera funcione con eficiencia aunque de forma visualmente algo rancia. Y no ayuda en este punto la estática y antinatural dirección escénica de los cantantes. Da la sensación de que a Streher le falta una auténtica visión de conjunto sobre el modo en el que deben actuar los intérpretes sobre el escenario, de modo que concibe cada escena de forma separada y con criterios independientes. El resultado es decepcionantemente dispar: a veces los cantantes se mueven forzadamente casi a cámara lenta (Là ci darem), otras se opta por la economía de recursos visuales (por ejemplo, no entra en escena el coro infernal que arrastra consigo a Don Giovanni) que se torna en exuberancia en otros números... No parece, en suma, un planteamiento escénico uniforme ni del todo madurado, y todo el apartado visual se limita a cumplir las exigencias mínimas más que otra cosa.

Con todo, la gran frustración de este Don Giovanni milanés está en el reparto. Cuando uno lee los nombres, como decía, se hace ilusiones que se evaporan en cierta medida al visualizar el DVD. Comencemos con Thomas Allen como protagonista. Hay claramente muchas formas de cantar el personaje principal: desde los grandes del pasado que lo abordaban con voces más situadas en la tesitura del bajo que en la de barítono (Siepi o Ghiaurov, mis Don Giovannis favoritos, son buenas muestras) a enfoques más intermedios (Wächter, por ejemplo) hasta llegar a voces más blancas y líricas (Hampson, Gilfry), estas últimas ya más bien vinculadas a la corriente historicista. Corriente en la que, por cierto, un director como Jacobs recurre presentar a un Don Giovanni aniñado (Weisser) por el simple hecho de que Luigi Bassi, el cantante del estreno, contaba entonces con veintidós años, en lo que para mí supone una lamentable confusión entre la utilización de criterios historicistas y una arqueología musical que no deja de ser un puro fraude al oyente en la medida en la que resulta imposible saber el modo en el que cantaba Bassi ni si respondía plenamente al concepto que Mozart tenía de su personaje al escribirlo. ¿Por qué entonces Jacobs, en su grabación de Idomeneo, entrega el papel principal a Richard Croft y no a un anciano cascado, como en el estreno de aquella ópera en Munich?

Lo que quiero decir con esto es que se ha grabado ya a Don Giovanni de todas las maneras, y que por eso mismo, no resulta tarea fácil decir algo nuevo con el personaje. Allen, desde luego, no lo consigue. Se sitúa, por sus propias condiciones vocales, en esa categoría que yo he llamado “intermedia”: la voz es claramente baritonal y carece de la ligereza y el lirismo otros cantantes señalados en la “tercera vía”. El problema es que Allen, un intérprete por el que no siento especial simpatía, dispone de un material vocal discreto ya de por sí al que le viene claramente grande el papel, por mucho que lo grabara varias veces. A partir del “Metà di voi” le empieza a flaquear la voz, y el desgaste se hace ya ostensible en su última escena con la estatua del comendador. Tampoco es muy salvable desde el punto de vista actoral, en el que exhibe una colección de muecas y expresiones antiestéticas más bien poco apropiadas para quien ha de ser un galán.

Claudio Desderi es un cantante que tampoco estuvo dotado de una voz especialmente privilegiada en cuanto belleza, aunque contaba claramente con un punto favorable: su aptitud para el canto de agilidad y la coloratura, requisitos que por otra parte no son los imprescindibles para hacer un buen Leporello. No es Dederi un cantante del que haya escuchado mucho, pero lo cierto es que después de haber oído su a todas luces brillante Dandini con Abbado (véase esto) no deja de ser algo decepcionante verle firmar esta tosca actuación.

El plato fuerte es la Donna Anna de Edita Gruberova, apuesta segura. Ella es quien ofrece una mayor calidad vocal de todo el reparto, incluso sin estar libre de ciertos problemas menores. En el “Or sai chi l’onore” muestra evidentes dificultades en el grave, al que casi no llega, aunque en el segundo acto se redime por completo con un espléndido “Non mi dir”. En cuanto al Don Ottavio, a Francisco Araiza  no le faltan las brusquedades en su primer dúo con Donna Anna, pero siempre fue un tenor de buen gusto y con una bellísima voz lírica, al que quizá no se le ha reconocido con toda la popularidad que merecía. Canta sus dos arias sin el menor problema y sin los signos de desgaste que se entrevén en su entrada en el primer acto.

La Donna Elvira de Ann Murray cumple a buen nivel, aunque quizá –opinión personal– muestre más vibrato del necesario en el “Ah, chi mi dice mai”. No hay problemas con la pareja de campesinos integrada por Susanne Mentzer como Zerlina y por Natale De Carolis como un Masetto que en esta producción no aparece concebido como el clásico paleto, sino como un hombre incluso de cierta elegancia. También es aduecuado el Commendatore de Sergej Koptchak.

Riccardo Muti dirige con su brillantez habitual un Don Giovanni que mira más a lo mediterráneo que a lo germánico, optando por tempi tan rápidos que en poco se distinguen de los propios de una lectura historicista. Es una dirección luminosa, ágil, dotada -¿por qué no decirlo?- de una cierta rusticidad y no falta de pathos dramático, pero también se echa precisamente en falta quizá un punto mayor de oscuridad y patetismo. En cualquier caso, desde el punto de vista orquestal es un trabajo de indudable altura.

En cuanto a prestaciones, una cosa buena y una mala: la cajita incluye el libreto completo en italiano (sin traducciones), lo cual no es habitual en los deuvedés. En cambio, tan sólo hay subtítulos en inglés.

He aquí, por tanto, un Don Giovanni que muestra a las claras cómo el hecho de contar con un reparto brillante no garantiza un resultado necesariamente óptimo. Ningún cantante consigue aquí un retrato verdaderamente convincente al cien por cien de su papel, salvo quizá en los personajes secundarios de Zerlina-Masetto y del comendador, y eso deja un sabor algo agridulce. Aun con sus puntos a favor (claramente destacan Gruberova y las dos arias de Araiza) no deja de ser una versión de la que podría esperarse un poco más, y en el ámbito del DVD se sitúa, al menos para mí, algo por debajo del posterior registro de Muti con Carlos Álvarez, pese a su peculiar puesta en escena.














martes, 8 de enero de 2013

Grabando "Don Giovanni"

Como el año pasado fui muy bueno, los Reyes Magos se han portado muy bien conmigo y me han traído la reciente reedición que la casa EMI ha publicado del célebre Don Giovanni de Klemperer con Ghiaurov.

El motivo de esta entrada no es el de ensalzar las consabidas virtudes de esa extraordinaria versión –quizá la mejor jamás grabada en disco de esta ópera junto con la famosa de Giulini– sino el de referir la existencia de un curiosísimo cedé extra que se ha añadido al estuche con grabaciones, obviamente inéditas, de los ensayos. Y es absolutamente fascinante escuchar a esos monstruos de la ópera trabajando en equipo, esforzándose por ofrecer el mejor resultado posible y debatiendo ideas musicales. 

El material es el siguiente: las dos primeras pistas contienen ensayos de la obertura. En la tercera tenemos el primer ensayo del Giovinette, che fate all’amore. Oímos a Klemperer buscando un sonido bien empastado en la orquesta y exigiendo del coro, francamente apagado, un carácter más festivo. Luego, escuchando la grabación, Freni discute con el director sobre la necesidad del canto legato en las notas ascendentes de “il remedio vedetelo qua” (pista 4). Los ensayos con el coro prosiguen durante las pistas 5 y 6, mientras que en las dos siguientes tenemos los del Batti, batti, en los que Klemperer pide más delicadeza a la orquesta. Por último, en la pista final de este cedé extra, el director ilustra a Hugh Bean (primer violín de la orquesta), sobre el modo correcto de pronunciar “Ghiaurov”. “GhiaRÚov”, dice. Seguidamente comienzan los ensayos del Deh, vieni a la finestra, en los que el bajo búlgaro se muestra autocrítico y también exigente con el trabajo de la mandolina, lo que parece exasperar por un momento a Klemperer. El esfuerzo, sin embargo, vale la pena, y el ensayo acaba alegremente, con Ghiaurov satisfecho y bromeando.



Pista 4. Conversación entre Mirella Freni y Otto Klemperer a propósito de la parte de Zerlina en el “Giovinette”. Tal y como señala la soprano modenesa, de no respetar el legato se produciría un efecto similar a la “risa” en “vedetelo qua”.

Puede parecer que la inclusión de todo este material extra es algo irrelevante, pero sinceramente, a mí me parece realmente fabuloso. Cuando escuchamos una grabación únicamente percibimos el resultado final, y permanecemos ajenos, obviamente, a todo el trabajo de “construcción”. Este cedé “extra” contiene material, en su mayoría, de un coro que vendrá a durar tan sólo un par de minutos. ¿Cuántas horas de trabajo habrá en toda la grabación? No tengo ni idea. Creo que es muy fácil escuchar ópera –y yo me incluyo– sin detenernos a pensar para nada en este enorme trabajo que hay detrás de cualquier buena versión. Por eso me gusta este “regalo” de EMI: nos permite asomarnos como espectadores a la labor de los más grandes, y darnos cuenta con ello de que precisamente fueron grandes no sólo por sus aptitudes naturales, sino también por su esfuerzo y profesionalidad.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Don Giovanni (Siepi, Edelmann, Della Casa - Furtwängler)

Hace un par de años que comenté en el blog el notable Don Giovanni que dirigió Riccardo Muti con Carlos Álvarez en el papel protagonista (click aquí). La filmación que comento hoy, a cargo de una figura histórica de la dirección orquestal como es Wilhelm Furtwängler, parte de un esquema diferente, en el que las formas importan menos que la grandeza del mensaje, concebida del modo más grandilocuente posible. Pero mejor no me adelanto con mis impresiones sobre Furtwängler. Vayamos paso a paso.

Este Don Giovanni de 1954 se grabó en el marco del Festival de Salzburgo (en el Felsenreitschule), como consecuencia del enorme éxito de las funciones que el propio Furtwängler había llevado a cabo un año antes con idéntico reparto, de las que quedó para la Historia una notable grabación discográfica que distribuye la casa EMI. La única diferencia en el reparto fue la Donna Elvira de Elisabeth Schwarzkopf, sustituida por Lisa Della Casa. Sea como fuere, era esta una época en las que las filmaciones de ópera no eran ni muchísimo menos algo tan frecuente y tan arraigado en el mercado como puede serlo hoy. De hecho, la idea en sí misma es cuanto menos curiosa: la filmación, a cargo de Paul Czinner, no es propiamente una “película” de ópera de esas que se graban en estudios de cine, pero tampoco es exactamente una representación teatral grabada. Es una representación teatral rara. Este Don Giovanni se filmó sin público presente y durante varios días, sobre todo por las tardes y las noches según informa la carpetilla del DVD. Lo que vemos, por tanto, es una especie de representación en la que, sin embargo, el público no interfiere. No hay aplausos ni tampoco ruidos, y naturalmente los cantantes no salen a saludar a nadie al término de la representación. Además, se advierte que el audio no casa siempre a la perfección con los gestos de los cantantes (el efecto es similar al del playback), del mismo modo que se evidencian diferencias de sonido entre los recitativos y los números musicales, como si se hubieran grabado por separado y luego alguien se hubiese entretenido en dividirlos y engarzarlos por orden.

El resultado es el siguiente:

- Los cantantes o bien hacen playback o bien cantan realmente, aunque en este último caso, ese audio “auténtico”, por llamarlo de algún modo, no es el que aparece acoplado a las imágenes.

- Música y recitativos parecen grabados por separado y luego ensamblados.

- Salvo en el caso de la obertura, en la que Furtwängler es aplaudido al entrar, no hay público, en un intento quizá de facilitar la grabación de las imágenes con el mejor resultado posible y de mostrar también la producción tal y como es visualmente, sin “momentos añadidos”.

Pese a lo raro del concepto, el resultado es bueno, y la muy clásica puesta en escena de Herbert Graf y Clemens Holzmeister no ha envejecido tanto visualmente como han podido hacerlo otras filmaciones grabadas en décadas posteriores. En este Don Giovanni hay mucho cartón piedra, sí, y un estupendo y realista vestuario de época –sensacional, por ejemplo, el atuendo dorado del protagonista en la fiesta del primer acto, poniendo de relieve su carácter derrochador y su alto nivel de vida– así como una presentación de la estatua del Comendador realmente extraordinaria en materia de vestuario y maquillaje. Aquellos que gusten de producciones más “modernas” y arriesgadas y que consideren esto como una reliquia rancia del pasado harán bien en huir de esta filmación. Pero es un Don Giovanni que verdaderamente merece conocerse. Además, en lo afectivo le tengo especial cariño, ya que fue mi primera versión de esta grandísima ópera. Hace muchos años que los Reyes Magos me hicieron feliz unas Navidades regalándome esta película en VHS. Años más tarde me hice, obviamente, con el DVD. Uno de los primeros DVDs, por cierto, que Deutsche Grammophon se apresuró a lanzar al mercado.

Vayamos ahora con el reparto. Pocos cantantes han sabido enfrentarse al papel de Don Giovanni como el gran Cesare Siepi, referencia indiscutible para todo aquél que desee tener una discografía mínimamente presentable de este título de ópera. Para mí, Siepi y Ghiaurov son sencillamente los Don Giovannis más grandes de toda la discografía. Podría decir que los días pares prefiero a uno y los impares al otro. Naturalmente, esto pone de manifiesto que me gustan los Don Giovannis de voces oscuras, casi más próximas a la del bajo que a la del barítono, siguiendo lo que podríamos llamar la “tradición romántica”. Pero no soy excluyente en absoluto: considero que cantantes con voces mucho más ligeras y claras como Thomas Hampson o hasta Rodney Gilfry, han conseguido resultados aceptables en el papel, pese a que para mí no resultan –ni por asomo– tan monumentales como mis dos referencias. Hoy se dice en muchos sitios que este tipo de voces no tienen nada que ver con las que deberían haber sido realmente las intenciones de Mozart al escribir la partitura. Pues bien, yo soy un defensor del historicismo musical, pero no estoy sordo y procuro tener la mente abierta. A mi modo de verlo, puede haber mucho más Mozart en los Don Giovannis romantizados y pesantes de este tipo que en grabaciones historicistas pero anémicas de emoción como la de un Östman, por ejemplo.

Mucho menos me convence el Leporello de Otto Edelmann. Escuchándole, no cabe duda de que estamos ante una gran voz y ante un gran cantante, aunque su enfoque del personaje resulta sin duda algo tosco. El Leporello de Edelmann no busca ser simplemente divertido, sino que va un puntito más lejos y se nos presenta como un paleto gracioso. Además, la dicción no siempre es correcta ("Poverretto").

En cuanto a Donna Elvira, como antes decía, la Schwarzkopf fue sustituida por la recientemente desaparecida Lisa Della Casa para realizar esta filmación. Y el caso es que estamos ante una Donna Elvira de absoluto lujo. Della Casa, aquí joven, como la mayoría del reparto, fue siempre una gran mozartiana, y resulta absolutamente impecable vocalmente. Quizá se eche en falta un puntito mayor de “garra” en el primer acto para un personaje que es todo fuego y pasión, pero el balance no deja de ser extraordinario. La voz es bellísima y el “Mi tradì” constituye uno de los momentos musicalmente más rotundos de toda la filmación.

Donna Anna, seducida por el Conde Drácula

Pasemos a las dos parejas. Donna Anna y Don Ottavio corren a cuenta, respectivamente, de Elisabeth Grümmer y Anton Dermota. El nivel sigue siendo altísimo y ambos están estupendos, aunque al igual que ocurría con Edelmann, la dicción de la Grümmer no siempre es precisamente ortodoxa (“La chiede il tuo cor”). Dermota está sobradamente bien como Don Ottavio, aunque teatralmente resulta afectado y su modo de gesticular es de todo punto artificial.

En cuanto a los campesinos, Erna Berger hace una Zerlina bien cantada aunque quizá excesivamente dulzona, mientras que un joven Walter Berry hace un gran trabajo con un papel, Masetto, que puede ningunearse fácilmente. El reparto, de muy alto nivel, lo cierra el Comendador de Deszö Ernster, cuyas escenas resultan sobrecogedoras debido también la lentitud de los tempi de Furtwängler. La impactante conclusión de la cena de Don Giovanni no resulta una catástrofe repentina y sorprendente en esta filmación (como puede ocurrir con otras versiones), sino más bien una suerte de ensoñación o pesadilla prolongada de la que es difícil despertar. La escena del Comendador, tan lenta y con una dirección tan musculosa, resulta verdaderamente asfixiante.

Ya he hablado bastante, sin casi pretenderlo, de la dirección de Wilhelm Furtwängler al frente de la Filarmónica de Viena. El mítico director fallecería pocos meses después de realizarla, el 30 de noviembre de 1954. Es este un Mozart que ya no se hace hoy en día, y que con el transcurso del tiempo se vio sustituido paulatinamente por enfoques menos densos que acabarían desembocando mucho después en la corriente historicista. El Don Giovanni de Furtwängler es por tanto lento, lentísimo, y constituye un buen testimonio de una época y de unos criterios interpretativos que con toda probabilidad no volverán a aplicarse a este tipo de repertorio. Ya lo he dicho: yo defiendo el historicismo musical, pero considero que en esta grabación –en las antípodas de lo que hoy se considera que eran los criterios interpretativos del siglo XVIII– hay mucho, muchísimo Mozart, y por tanto, merece conocerse tanto por parte de aquellos que busquen imbuirse de la historia discográfica de Don Giovanni como por aquellos que disfruten simplemente de las buenas voces y de una dirección cuidada.


Portada de la grabación en disco, con Elisabeth Schwarzkopf en el papel de Donna Elvira

Hechas estas puntualizaciones “estilísticas”, hay que señalar que Furtwängler sólo traiciona a la versión praguense del Don Giovanni con la introducción del magnífico Mi tradi de Della Casa, al que antes me referí. Lo que quiero decir con esto es que no están el resto de los añadidos de Mozart para la versión “vienesa” de la ópera: Dermota se queda sin cantar el Dalla sua pace, y desde luego, no aparece tampoco el Per queste tue manine.

Visualmente, la filmación ofrece una buena calidad de imagen para la época, y otro tanto puede decirse del audio.

En conclusión, probablemente este es el mejor Don Giovanni disponible en DVD, y un documento imprescindible para el buen aficionado mozartiano.














sábado, 15 de mayo de 2010

Don Giovanni (Álvarez, D'Arcangelo, Antonacci - Muti)

Si bien el mes pasado abordamos el fabuloso DVD de Las bodas de Fígaro de John Eliot Gardiner, ahora es el turno de Don Giovanni. Kierkegaard decía que se trataba de la mayor obra de arte jamás creada por la Humanidad. Ese tipo de afirmaciones grandilocuentes carecen para mí de todo sentido (habría que hablar de obras “preferidas” personalmente en lugar de generalizar y mostrarse tan categórico), pero al menos queda claro que estamos ante una de las cumbres no de la ópera, sino de toda la historia de la música. Que no es poco. Se trata en realidad de una obra extraña, un “dramma giocoso”, esto es, una historia que si la visualizamos en frío es realmente trágica y que se nos muestra en muchas ocasiones desde la perspectiva de lo cómico. Así, el “libertino castigado” del título es responsable a lo largo de la acción de un asesinato, dos intentos de violación, una injusta instigación al asesinato de su propio criado, etc., etc., etc. Su paso por el mundo es un verdadero terremoto que desestabiliza a todos los personajes de la obra, a los que cambia la vida para siempre.

Como es costumbre consolidada en el blog, vayamos ya con el tradicional resumen del libreto, que puede localizarse traducido al castellano aquí.

Acto 1. Sevilla, siglo XVII. El criado Leporello espera a su señor Don Giovanni en el exterior de la casa del Comendador. Aparece Don Giovanni enmascarado, perseguido por Donna Anna, a quien acaba de intentar violar. La irrupción del anciano Comendador dispuesto a defender a su hija obliga al burlador a batirse en duelo con él, matándole. Cuando regresa Donna Anna con su prometido Don Ottavio, tanto Don Giovanni como Leporello han desaparecido, quedando tan sólo en escena el cadáver del Comendador. Donna Anna hace jurar a Don Ottavio que vengará la muerte de su padre.

Don Giovanni se encuentra discutiendo con Leporello en plena calle cuando aparece Donna Elvira, una mujer a la que prometió matrimonio y dejó abandonada en Burgos. Aún enamorada de Don Giovanni, Donna Elvira descubre de la mano de Leporello su licencioso estilo de vida cuando este le muestra la interminable lista de conquistas abandonadas por Don Giovanni casi en cualquier parte del mundo.

La acción se desplaza a la boda de los campesinos Zerlina y Masetto. Don Giovanni enseguida pone sus ojos en la novia y ordena a Leporello que conduzca a su casa a la totalidad de los invitados para quedarse a solas con ella. Masetto, nada dispuesto a dejar a su novia con ese desconocido, es sacado a la fuerza. Ya a solas, Don Giovanni trata de seducir a Zerlina, lo cual queda en un mero intento gracias a la irrupción de Donna Elvira primero y de Donna Anna y Don Ottavio después. Tras la salida de Don Giovanni, Donna Anna le reconoce al fin como el asesino de su padre, insistiendo a Don Ottavio en que debe vengar su honor.

Mientras tanto, Don Giovanni se reúne con Leporello, que se ha deshecho ya de los invitados, para darle instrucciones sobre una nueva fiesta en su casa de la que espera obtener nuevas conquistas que engrosen su “catálogo”. Observa a Zerlina y al enfurruñado Masetto en el exterior y les invita a tomar parte en la celebración, a la que también acuden enmascarados Donna Anna, Don Ottavio y Donna Elvira, dispuestos a vengarse de Don Giovanni. Este último trata de abusar de Zerlina durante el baile, lo que hace que los enmascarados revelen su identidad manifestando estar al corriente de sus fechorías, lo que obliga a Don Giovanni a huir de su propia casa.

Acto 2: Leporello muestra a Don Giovanni su descontento por su estilo de vida, pero permanece a su servicio gracias a unas monedas. Don Giovanni ha puesto ahora sus ojos en la criada de Donna Elvira, y puesto que no puede introducirse en la casa de aquella, decide cambiar sus ropas con las de su criado. Aparece Donna Elvira y Leporello, vestido como Don Giovanni, se hace pasar por este, diciendo que se encuentra arrepentido de su forma de vida. Cuando la pareja ha salido, Don Giovanni (con las ropas de Leporello) tiene vía libre para introducirse en la casa. La llegada de Masetto, dispuesto a dar una paliza a Don Giovanni, se lo impide. Naturalmente, el campesino confunde al burlador con Leporello y es él quien se termina llevando los golpes.

Mientras tanto, el pobre Leporello no sabe cómo deshacerse de Donna Elvira, que cada vez da más señas de estar enamorada de Don Giovanni. Aparecen Donna Anna, Don Ottavio, Zerlina y Masetto dispuestos a vengarse de este último, por lo que Leporello tiene que revelar su verdadera identidad, dejando confusa a Donna Elvira y consiguiendo escapar después.

Don Giovanni y Leporello se encuentran durante la noche en el cementerio, donde tras recuperar cada uno sus ropas escuchan una voz fantasmal proveniente de la tumba del Comendador. Burlón, Don Giovanni obliga a Leporello a invitar a la estatua de piedra que corona la sepultura a tomar venganza contra su asesino a la hora de la cena, a lo que la estatua responde afirmativamente con una inclinación de cabeza.

Tras una escena en la que Donna Anna y Don Ottavio hablan de venganza, nos trasladamos a la casa de Don Giovanni, en donde el libertino está cenando despreocupadamente. Entra Donna Elvira para insistirle por última vez en que abandone su forma de vida. Tras la negativa de Don Giovanni aparece en la habitación la estatua del Comendador, que tiende la mano a Don Giovanni y le pide que le acompañe. Al contacto con la mano de piedra, Don Giovanni comienza a sentirse morir, pero pese a ello responde negativamente a la petición de la estatua de cambiar de vida. Aparece entonces un coro de espíritus que arrastran a Don Giovanni en vida al infierno.

Cuando la escena se ilumina de nuevo, entran en ella todos los personajes dispuestos a arrestar a Don Giovanni. Leporello emerge tembloroso de debajo de la mesa y explica lo ocurrido. Donna Anna y Don Ottavio acuerdan casarse al año siguiente, Donna Elvira recluirse en un convento, Zerlina y Masetto celebrar su unión con alegría y Leporello buscar a un nuevo y mejor señor.


Don Giovanni es una ópera afortunada en lo que se refiere a grabaciones en DVD. Yo mismo tengo cuatro, pero en realidad ninguna de ellas me satisface plenamente. Lo mismo me ocurría con La traviata, tal vez por tratarse de obras populares y bien conocidas de las que esperamos y exigimos más que del resto. Nos encontramos, como todo el mundo debe saber, ante la segunda colaboración entre Wolfgang Amadeus Mozart y el libretista Lorenzo Da Ponte, escrita para ser representada en Praga en 1787 tras el enorme éxito de Las bodas de Fígaro, de la que ya hablamos el mes pasado. Luego llegaría la hora de representarla en Viena, y pese a que Mozart se preocupó de modificar la obra al gusto de los vieneses, el éxito no fue el esperado. Por cierto que los cortes y añadidos incorporados por el salzburgués en la versión “vienesa” de la obra siguen planteándonos problemas doscientos años después. ¿Cómo optar por la versión original de Praga sin representar la encantadora “Dalla sua pace” de Don Ottavio, añadida por Mozart para la representación en Viena? Y si nos inclinamos entonces por la opción vienesa, ¿debe eliminarse la escena final tras la entrada del Comendador, dejando un final impactante pero mal resuelto argumentalmente? Ni siquiera los musicólogos e historiadores están de acuerdo en cómo pudieron ser aquellas representaciones en Viena, por lo que hoy suele acudirse a una especie de “mezcla” de ambas versiones.


Grabado en el Teatro an der Wien los días 26 y 27 de junio de 1999, el DVD del que me ocupo es una de las opciones más sólidas en este formato (el disco, gracias a Dios, es otra cosa en donde hay mucho, muchísimo más donde escoger). Me hice con él gracias a la extraordinaria colección de óperas en DVD que sacó el diario “El Mundo” el año pasado. Ojalá se viesen con mayor frecuencia iniciativas de este tipo, por cierto bien acogidas por el público. Prueba de ello es que la colección de la que hablo tuvo tan buen éxito que terminó ampliándose en dos entregas “extra” no previstas inicialmente.

Entrando de lleno en nuestro “Don Giovanni”, donde hay tela que cortar es en la puesta en escena de Roberto de Simone. Lo primero (y en realidad lo único) que llama la atención del espectador son los continuos cambios de vestuario por parte del reparto. El estilo de la ropa (diseñada por Zaira de Vincentiis) va evolucionando desde el siglo XVII hasta lo que parece el tipo de moda de la época del colonianismo europeo de finales del siglo XIX. Ello provoca sin duda cierto desconcierto al espectador, que no puede “acostumbrarse” a ver a los personajes de un modo mínimamente uniforme durante ni siquiera media hora. ¡Con decir que hasta a Don Ottavio le crece el bigote! La cuestión es que nada hay en Don Giovanni que justifique esos continuos cambios de vestuario, que podrían darse igualmente en “El barbero de Sevilla” o “Carmen”, por ejemplo, con idéntico resultado. A mí me gustan las “cosas raras” cuando las entiendo y tienen una función, o al menos cuando evidencian que el director escénico ha estudiado y entiende la obra, pero en esta ocasión nos encontramos ante lo que parece un simple capricho visual que no viene a cuento. En cualquier caso, justo es reconocer el importante trabajo de vestuario que se esconde tras esta extraña puesta en escena, por lo demás carente de cualquier imaginación. El escenario, compuesto por unas escaleras y dos paredes que se desplazan, apenas sufre cambios a lo largo de la acción, y la casi permanente iluminación azulada se hace cansina. A ello hay que añadir lo absurdo de presentar en ocasiones unas láminas con pinturas espantosas que no pintan nada y escenas mal resueltas teatralmente. En la escena primera, Don Giovanni forcejea con Donna Anna con la cara descubierta (ignoro el por qué de la ausencia de algo tan simple como una máscara), y para que esta no le vea el bueno de Álvarez tiene que recurrir a taparse a duras penas la cara con las manos, con el lógico resultado de que se le ve perfectamente. Peor aún es el baile absurdo de Leporello y Masetto al final del primer acto, llevando cada uno y nadie sabe por qué unos enormes sables en la mano. Lo dicho: lo único llamativo de esta producción son los continuos y desconcertantes cambios de vestuario, que son perfectamente innecesarios.



Dejemos la “peculiar” escenografía y vayamos con la música. Carlos Álvarez es un fabuloso Don Giovanni, representando un justo equilibrio entre los cantantes “clásicos” del pasado que han cantado ese rol con oscura voz (aquí, pese a las enormes diferencias estilísticas, habría que escuchar las portentosas recreaciones de Cesare Siepi o Nicolai Ghiaurov, por ejemplo) y los más modernos y de voz menos “pesada” (por decirlo de alguna manera) como pueden ser los casos de Gilfry, Schrott o llevando el ejemplo hasta el extremo, el cantante de la grabación de Jacobs, de cuyo nombre no quiero acordarme. Uno de los enormes aciertos de la interpretación de Álvarez (de quien, por cierto, espero que haya salido definitivamente recuperado de los problemas que le han mantenido últimamente alejado de los escenarios) es el de transmitir con acierto el aire aristocrático del personaje. Siepi también lo consiguió, aunque partiendo de una concepción diferente de la música de Mozart. Hay que pensar que uno de los rasgos que hacen atractivo al protagonista es su posición social y el evidente desahogo económico en el que vive y que parece acusar Zerlina en el primer acto cuando él le prometa “cambiar su suerte”. Esa apariencia de triunfador, que él emplea como arma de conquista, le sirve igualmente como escudo frente a cualquier ataque, pues el propio Don Ottavio queda desconcertado ante la posibilidad de que un caballero como Don Giovanni pueda ser en realidad un violador y un asesino.

Lo arriba escrito es otro de los rasgos interesantes de Don Giovanni. Él no es aún el “Don Juan Tenorio” de Zorrilla, capaz de arrepentirse a las puertas de la muerte de su vida disoluta. Debemos partir del “Burlador de Sevilla” de Tirso de Molina para aproximarnos algo a la compleja psicología de un personaje que se nos presenta de forma mucho menos romántica que la imagen prototípica del Don Juan. Detrás de esa fachada luminosa y fascinante de la que antes hablábamos se esconde un verdadero monstruo carente del menor rasgo de moralidad y que en lo que parece un rasgo infantil lleva la cuenta por escrito de todas sus fechorías. Mozart y Da Ponte le revisten a veces incluso de un halo de comicidad, haciendo que no se coma una rosca durante la totalidad de la acción. Presentar al público esa doble faceta de Don Giovanni (la atractiva y aristocrática y la repulsiva y enfermiza) sin que una predomine sobre la otra (pensemos por ejemplo en el Don Giovanni de Terfel, evidentemente lascivo pero carente de la necesaria apariencia noble que desconcierta a Don Ottavio) es todo un reto para el intérprete, superado con creces por Álvarez.

No quiero abandonar al personaje principal sin hacer antes una breve reflexión: ¿qué representa Don Giovanni? He oído decir que esta ópera vendría a ser una crítica a la Ilustración y un llamamiento a los valores morales y religiosos más tradicionales. Visto así, Don Giovanni sería el ejemplo extremo de “racionalidad” (hasta el punto de carecer de sentimientos afectivos y de reírse de lo sobrenatural, o sea, de lo aparentemente irracional) y terminaría destruido por sus propios valores. Pero a mí se me ocurre que también cabe una interpretación radicalmente contraria, entendiendo la existencia del libertino como ejemplo de desorden y decisiones basadas únicamente en caprichos irracionales. Don Giovanni caería víctima de los fantasmas emanados de una vida alejada de la razón, como el famoso “capricho” de Goya titulado “El sueño de la razón produce monstruos”. Como es lógico, cada cual tendrá su propia apreciación personal de uno de los personajes más complejos salidos de la pluma de Mozart. Para mí es un monstruo atractivo que nos repugna y al tiempo nos divierte. La música que canta no parece transmitir patetismo alguno ni invita al público a tener compasión por el personaje. El público asiste así a las andanzas de un libertino cuyos esquemas mentales, al menos en mi caso, ni acierta a comprender ni siente tampoco la menor inclinación por intentarlo.



Leporello es la contrapartida cómica de Don Giovanni. Desde el primer momento le vemos apesadumbrado por el estilo de vida de su señor, a quien lamenta servir. No es ningún héroe, sino que actúa movido en exclusiva por intereses mundanos que parecen tener más fuerza en él que sus propias convicciones personales, como evidencia el hecho de que por mucho que censure a Don Giovanni decida mantenerse a su servicio por unas monedas. Es un personaje íntegramente cómico y de una mordacidad que aún asombra, como en su primer recitativo con Don Giovanni tras la muerte del Comendador:

DON GIOVANNI
(en voz baja)

Leporello, ¿dónde estás?

LEPORELLO
Estoy aquí, para mi desgracia.
¿Y vos?

DON GIOVANNI
¡Estoy aquí!

LEPORELLO
¿Quién ha muerto? ¿Vos o el viejo?

DON GIOVANNI
¡Qué pregunta más tonta! El viejo.

LEPORELLO
¡Bravo!
Dos impresionantes hazañas;
¡violar a la hija y matar al padre!

DON GIOVANNI
Él lo ha querido de este modo.

LEPORELLO
Y Donna Anna, ¿qué ha querido?

La cruda ironía de Leporello llega a su máxima expresión en la famosa “aria del catálogo”, tal vez lo más cruel que escribió Mozart nunca, especialmente en la frase final “con tal de que lleve faldas, vos ya sabéis lo que hace” (“Purché porti la gonnella, voi sapete quel che fa”).

Ildebrando D’Arcangelo ya había grabado un extraordinario Leporello en la grabación de Sir John Eliot Gardiner a los veinticinco años. No hay grandes diferencias entre ese registro y lo escuchado en el presente DVD. Voz juvenil y sin embargo consistente y apropiada para el papel del criado, que gustará más a las damas que el propio Don Giovanni, papel con el que por cierto ha probado suerte no hace mucho. Quizás lo único malo, que nada tiene que ver con sus excelentes condiciones vocales, sea lo sobreactuado de su actuación, debida en parte al director de escena como ya apuntábamos antes.

Seguimos con Donna Elvira, quizás mi personaje favorito y bordado por una esplendorosa Anna Caterina Antonacci, cantante que con los años se ha ganado una merecida fama y que es a día de hoy una de las mejores “Carmenes” del panorama lírico actual, con permiso de la gran Elina Garança. Es sin duda el personaje más humano de la acción, y su enorme complejidad mental se hace accesible al público, a diferencia de los fantasmas que nublan la mente de Don Giovanni. En ella se mezcla el rencor y la sed de venganza contra el libertino por su abandono y al mismo tiempo una pasión casi irrefrenable hacia él que no disminuye después de conocer su siniestra forma de vivir. Donna Elvira experimenta entonces la típica fascinación por la figura del “malo”, por lo prohibido, y anhela ser ella quien posibilite el cambio hacia una rectitud que sabe probablemente imposible. Y lo peor es que Don Giovanni lo sabe perfectamente (así lo prueba la seguridad con la que al comienzo del segundo acto afirma a Leporello que intercambiando sus ropas ella sucumbirá rápidamente a sus encantos y se alejará con él), sin que ello parezca conmoverle lo más mínimo. Justo antes de la escena de la estatua del Comendador, el libertino expondrá a Donna Elvira sus nulas intenciones de cambiar de vida del modo más crudo: “deja que coma y si te place come conmigo” (“Lascia ch'io mangi, e se ti piace, mangia con me”), un modo de decir “esto es lo que hay, y lo tomas o lo dejas”. Su final en un convento nos obliga a recordar a la doña Inés del “Tenorio” de Zorrilla, quien encarna también a la enamorada de un Don Juan que en esta ocasión también la ama y se deja redimir. Claro que el Don Juan Tenorio de Zorrilla poco o nada tiene que ver con ese animal que es el Don Giovanni de Mozart ni con su predecesor de Tirso de Molina.


La pareja “vengadora” de Donna Anna y Don Ottavio recae en Adrianne Pieczonka, que le echa genio y poderosa voz a su personaje, y de ese gran tenor mozartiano que es Michael Schade, capaz de cantar con gran sutileza sin convertir a su personaje en el típico “papel pastelito”. Pero vayamos por partes. Donna Anna es un personaje ya obsesionado con la venganza desde su primera frase, aun antes de que Don Giovanni mate a su padre. Esa furia interior, que roza casi lo histérico, queda plasmada brillantemente en el aria “Or sai chi l’onore”, una de mis favoritas, cuyas primeras frases están lanzadas sobre un inquieto fondo de cuerdas para luego incidir en las palabras “Vendetta ti chiedo, lo chiede il tuo cor” (“Te pido venganza, lo pide tu corazón”). Recuerdo que en una conferencia organizada en el Teatro de la Maestranza de Sevilla con motivo de la representación de Don Giovanni en la temporada 2007-2008 (a la que pude asistir) el ponente señaló que tal vez esa a veces desmesurada ansia de venganza por parte de Donna Anna oculte una pasión secreta por Don Giovanni, lo que volvería aún más misterioso lo ocurrido en su dormitorio justo antes del comienzo de la acción. Me parece ir demasiado lejos, pero en el fondo no estamos sino ante otra prueba más de la riqueza intelectual que Mozart supo imprimir en sus personajes.

Michael Schade es un brillante Don Ottavio, premiado con la encantadora aria “Dalla sua pace” añadida por Mozart para el estreno vienés de Don Giovanni. Le escuché por primera vez en la sensacional “Flauta mágica” de Gardiner tanto en vídeo (vergonzoso que Deutsche Grammophon aún no la haya editado en DVD) como en CD y me sigue pareciendo un Tamino impecable: valiente, enigmático, apasionado... Pero no estamos aquí para hablar de “La flauta mágica” sino del señor Schade, a quien ya tengo ganas de ver en su Clemenza di Tito con Harnoncourt en DVD, acompañado de lo que parece un gran reparto. Don Ottavio suele caer mal. En teoría, el hecho de que el mismísimo cielo termine anticipándosele en dar venganza a Don Giovanni mientras él se dedica a cantar arias de amor a Donna Anna parece indicar que se trata, si no de un cobardica, sí al menos de un personaje de enorme flema y pasividad. A esta imagen de papel soso contribuye en no poca medida el que por alguna razón incomprensible el papel haya sido cantado en demasiadas ocasiones por voces incapaces de mostrar el menor arrojo o pasión dramática. Pues bien, como a mí me gusta llevar la contraria diré que a mi jamás me ha caído mal Don Ottavio ni veo que sea ningún cobarde: si leemos el libreto no encontraremos nada absolutamente que pueda llevarnos a la idea de que engaña a Donna Anna y no desea acabar con Don Giovanni. Pero también parece un hombre con la cabeza bien ordenada y no se dedica a matar gente porque sí. Necesita pruebas que corroboren la acusación de Donna Anna y por eso se dirige al baile de Don Giovanni, donde observa con sus propios ojos la conducta de aquél. Durante el segundo acto le vemos ya realmente dispuesto a vengarse, y a punto está de hacerlo equivocadamente sobre la persona de Leporello disfrazado, quien de no haber revelado su identidad habría muerto allí sin la menor duda. Por otra parte, él sigue amando y tratando de consolar a Donna Anna sin preguntar siquiera por lo ocurrido en el dormitorio hasta la escena undécima, lo que no deja de ser un signo de delicadeza por su parte.

Zerlina es otro personaje interesante con el que es demasiado fácil cometer el error de considerarlo un mero papel cómico que, junto a Masetto, sirva de contraste a la pareja “seria” formada por Donna Anna y Don Ottavio. Zerlina es algo más que un mero divertimento literario brillantemente musicado por Mozart. Su indiscutible tierno afecto por Masetto choca con su encantadora turbación y debilidad por Don Giovanni. Como Donna Elvira, sabe (o mejor, intuye) desde el primer momento que debe desconfiar, pero poco le falta para caer en las garras del libertino. Pero Mozart quiere dejar las cosas en su sitio y nos evidencia que Zerlina es, pese a todo, fiel a Masetto: así lo evidencia su aria “Vedrai carino”, una de las más grandes arias románticas salidas de la mano de Mozart y que aleja al personaje del carácter trivial que en principio podría suponérsele. De Angelika Kirchschlager hablamos ya con ocasión a su interpretación de Sesto en el Giulio Cesare de Handel en Glyndebourne. Posee una voz juvenil, rallante a veces en lo infantil, apta tanto en la faceta cómica como el la más tierna del personaje y competente en las agilidades, que aquí tampoco son demasiadas (al menos, aparentemente). La tenemos acompañada por un Masetto excelentemente cantado por Lorenzo Regazzo, enfocado aquí por el director de escena como un auténtico zoquete. Lástima, porque Masetto no lo es, y confundir su humilde condición de campesino con una más que supuesta incompetencia intelectual es un error de bulto. De hecho, y excluyendo a Leporello por razones obvias, es absolutamente el único personaje de la acción a quien Don Giovanni no consigue engañar en ningún momento acerca de su condición de libertino. Al menos, tenemos a un Masetto bastante cálido y tierno con Zerlina desde el punto de vista teatral. Algo es algo, aunque no comparto esta concepción del personaje.


Terminamos con el muy correcto Comendador de Franz-Josef Selig, de voz suficientemente contundente, aunque podría inspirar más miedo.

Riccardo Muti, una de las mayores batutas de nuestros días, dirige la Orquesta del Wiener Staatsoper con tempi rápidos (en ocasiones rozando incluso lo excesivo, como es el caso del “Mi tradi” de Donna Elvira) y con una sonoridad de corte bastante historicista pese a tratarse de una orquesta de instrumentos modernos. Prueba de ello es la utilización de lo que a mis oídos es un fortepiano en toda regla para acompañar los recitativos. Muy bien el coro en sus breves intervenciones.

Terminaré diciendo que se trata de un Don Giovanni absolutamente extraordinario desde el punto de vista musical (aunque para muchos sea absurdo, en mi opinión la cosa llegaría a alcanzar la matrícula de honor de haberse utilizado instrumentos de época) y que desgraciadamente flaquea en su puesta en escena. Una lástima, sí, pero pese a todo, no es motivo suficiente como para desaconsejar su compra, pues no deja de tratarse probablemente de la mejor versión de esta ópera en DVD... musicalmente hablando. Recomendable mientras seguimos a la espera de otra versión igualmente rotunda en lo musical y con mejor escenografía.

Tengo que ir alguna vez al Teatro Nacional de Praga, donde el propio Mozart estrenó su Don Giovanni un 29 de octubre de 1787. Ver esa misma ópera allí, y conozco a amigos que han podido cumplir ese sueño, sería para mí una verdadera experiencia.




















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